Hay dos cosas que prometí que jamas haría en esta vida: tener hijos y comprarme una plancha. Bueno, hoy mis teorías se fueron al tacho, porque acabo de invertir mi maternidad en saldar arrugas. Así que tragando saliva entré a Target— la tienda con más cosas del mundo— y me escondí de las cámaras ocultas para que no me tomen por la chica de la doméstica, un puesto del que siempre eludí, pero que hace 20 años me viene mordiendo el trasero. 

Lo cierto es que esta vida de rugosidades y surcos no da para más, y entre que la cocina no es lo mío y el planchar tampoco, mi status de soltera se está debilitando junto al artefacto que me acecha para que mis vestidos no parezcan sacados de un partido de rugby.

Hola! Le digo al vendedor mientras leo que su placa dice “Jesus”.

 

— Hola Muchacha, dime, ¿En que puedo ayudarte?

 

— Con ese nombre probablemente a que se cumplan todos mis deseos.

 

— A ver, dígame señorita, ¿Qué es lo que nuestro padre no le ha dado aún?

 

— De momento el talento para los quehaceres domésticos.

 

— Ah bueno mija, pero eso se aprende, usted parece muy inteligente, no creo que eso se lo tenga que pedir a Dios.

 

— Si, fijese que hasta me creí que con mi inteligencia podía sacar las arrugas con solo mirándolas. Pero hace 20 años que mis camisas no quieren enderezarse. Lo que estoy tratando de decirle es que llegó ese maldito momento en donde debo comprarme una plancha, ¿Qué opina, me ayuda?

 

— Por supuesto, ¿Tiene alguna en mente?

 

— ¿Y por qué quisiera ocupar mi disco rígido con esa imagen? Liquidemos esto Jesus lo antes posible, no vaya a ser que me arrepienta y mi reputación quede grabada en esas pinches cámaras.

 

Jesus me llevó a las góndolas de las planchas y de las tablas de planchar y por primera vez en mi vida vi mi casa frente al mar desdibujadísima.

 

— ¿ Le apetece alguna en particular señorita?

 

— Si Jesus, una portátil, ¿Existen las planchas para viajeros? Estas son enromes, quiero ser discreta, no estoy como para promocionar mis defectos.

 

— Ah si! Espérese, aquí están!

 

Y cuando me las muestra eran grandes como una ardilla de dos meses.

 

— Ah pero esto tiene que ser el sueño americano!! ¿Cómo a mi nadie me dijo sobre estas planchas? Me hacen quedar mal inútilmente! Con este tamaño se soluciona hasta mi hipoteca Jesus! Me acaba de iluminar el día! 

¿Será usted el verdadero Mesías?

 

Jesus se rió con un pedazo de cilantro entre los dientes y se puso muy contento de poder ayudarme, y al observar su alegría, le dije: no se ponga tan contento, esa plancha viene con planchador, ¿No?

 

— Ay mija, no se aflija, planchar no es tan difícil, yo la veo a mi esposa todos los días y enseguidita manda los pliegues a la iglesia. 

 

— Claro, pero usted no plancha, ¿Vio? Una tarea de la que solo se ocupa la mujer. Los hombres toman clases de cocina, pero nunca agarran la plancha. Entiéndame Jesus, hace 20 años que vengo esquivando el maldito artefacto.

 

— ¿Su marido nunca le plancha, señorita?

 

Nah, ¿Otra vez la campana de las 12? Lecciones de amor en el pasillo de electrodomésticos. ¿Puede ser que nosotras las solteras no le podamos escapar a los patrones culturales y antropológicos? 

Siempre pensé que me querían ver casada, pero no casada y PLANCHANDO. ¿Hasta dónde demasiado es demasiado?

Un hombre soltero le paga a una señora para que le planche, una mujer soltera se ahorra ese dinero y lo invierte en depilación láser. Son puntos de vista, pero que esto último por favor no me deje bajo el escrutinio de mi estado civil.

 

— No tengo marido Jesus, ¿No tiene uno en liquidación en la góndola?

 

— Ah pero muchacha, como no tienes un compañero, por eso estas así, las tareas se comparten.

 

— Mire Jesus, la verdad de la milanesa es que si tuviera marido plancharía el doble, ¿O usted se piensa que mi amorcito dejaría de ver un partido de fútbol para tener sus camisas almidonadas? Siglo XXI, 125 canales, imposible que planchar supere las opciones del mundo actual.

 

— Puede que esté en lo cierto señorita, pero si el muchacho fuere un buen hombre después le haría un masajito en los pies y se tomarían un tequila para relajarse. 

 

— No quiero ser aguafiestas Jesus, pero no tomo alcohol y hace 25 años que estoy esperando el famoso masaje, ¿Algún consejo?

 

— Ah mija, yo creo que en vez de comprarse esta plancha usted debería salir más de su casa, no creo que lo encuentre sacándole las arrugas a sus prendas, ¿Sabe?

 

No habrá sido el hombre que asesinaron en la cruz, pero de seguro que la luz del espíritu santo habló por él.

Chau plancha, y a hacer la plancha, eso sí… con los tacones puestos y al auto en marcha!