En los 70’s el mundo se estaba despertando de guerras civiles, dictaduras, muertes importantes como las de Chaplin y Elvis Presley y acuerdos entre países para ser autónomos e independientes. En los 80’s el arte hizo un reciclaje del dolor acumulado durante tanto tiempo en el planeta y revolucionó las carteleras cinematográficas, musicales, estéticas y sociales. La creatividad hizo pico y los mejores artistas se lucieron derrapando un estilo diferente, innovador, en donde plantaron semillas como pioneros de una década que hizo historia en el mundo. 

Y yo me encontraba usando heavy make-up, flequillo con mucho spray y bailando en círculos temas como Guns in The Sky. Sin desperdicio. Sin horarios. Sin miradas que juzgaban una época sin contornos. El delineador negro como base de la noche y las voces del rock sin copyright. La transgresión en auge y los peinados batidos acariciando nuestra autónoma juventud. Sin celulares que comunicaran lo que nuestros cuerpos recitaban en silencio y sin las distracciones del mundo viral que se llevó la frescura de ser anónimos. Intransigentes. Rebeldes. Contradictorios. Una era de épicos encuentros con la espontaneidad y conversaciones de dos horas en un teléfono fijo que ardía con los hits de último momento.

Los 80’s fueron distintos porque por primera vez crecían las ideas que no habían salido a la luz y que eran particularmente nuevas, sin el desgaste de lo bastardeado por el tiempo y la repetición. Rayas, lunares, tiradores, sombreros, materias a Marzo y una tormenta de calificaciones en declive. Libretas firmadas por nosotros, paredes firmadas por nosotros y pupitres con autógrafos para expandir la red social de nuestra adolescencia. 

Cartas de amor al chico malo dos años más grande que nosotras y semillitas de girasol cubriendo las veredas enteras de nuestros colegios.

Y así llegaron los 90’s, en donde el lujo se había transformado en un eco de la década anterior, que arribaron junto a los primeros divorcios, el primer beso y el entendimiento de un mecanismo que no paraba de tirarnos señales inconsistentes: nuestro cuerpo.

La experiencia con la cera tomo 1 y la bienvenida a ese artefacto que nos cambió la vida: la pinzita.

Rodetes, trenzas, la planchita y los tapones que saltaban junto con el microondas. Las John Foos, la corbata del uniforme mal hecha y los Fizz de uva para el mal aliento de la mañana escolar.

Y si no jugabas al Hockey o al Rugby seguramente no eras cool, junto a todos los fanáticos del Voley que eran vistos como los perdedores de una generación. 

Pijama party, chocolatada Cindor con galletitas Lincoln y el teléfono que no paraba de sonar 4000 veces al día.

Fiesta de 15, graduaciones y el maldito viaje a Bariloche. Y no sabíamos lo que teníamos porque el nuevo milenio arrasaría con todo eso que habíamos creado en nombre de la comunicación. 

Y con el cambio de paradigmas llegó el año 2000, en donde el que no había nacido nunca iba a saber lo que era enfrentarse con la década de polainas, overoles, relaciones cara a cara y aventuras de la vereda para afuera. Con la vecina que nos tocaba el timbre para decirnos que la pelota había caído en su patio.

El 2000 llegó con la réplica del olvido, la gratificación instantánea, el remplazo de la maquina de escribir y el cambio de la comunicación analógica por el abrazo virtual que nos hundió a todos en un desconsolado agujero negro, internet.

Las videoconferencias, la información digital, el mensaje de texto, el archivo adjunto, la foto que jamás será impresa y un caudal de expresiones que se perderían para siempre en esto que llamamos post-modernidad. El ecelcticismo de sociedades avanzadas. De culturas que se interconexionan en un mundo globalizado que interpreta la union como un ser frente a su computadora y su café de Starbucks en la mano.

No, estos no fueron los tiempos que yo viví, en donde el café se hacía en casa y la locura se vivía afuera, en la calle, hablándonos unos a otros y cambiando lo digital por las expresiones físicas, por los gestos naturales sin interpretaciones. En vivo y en directo, sin un cable que hablara por nosotros sacándonos un Tweet de como estamos. Un estado que revelara como nos sentimos o un Hashtag de la aversión anímica por la que atravesamos.

Nosotros fuimos los hijos de una década sin muletas, en donde la invención era la única herramienta que teníamos para comunicarnos. 

Y soy una afortunada de poder contarlo a través de esta plataforma, una que a pesar de los contratiempos al menos me deja compartir la sombra de una era que hizo estragos en mi vida.

 

Por más Sugus de manzana verde y chocolate Voley entre los dientes.