Cuando tenia 18 años me había enamorado de mi odontólogo, bueno, enamorarse a esa edad significa no conocer nada del otro y creer saberlo todo. Esa era yo, pidiendo sobre turnos para las caries más insensatas, limpieza número 35, y consultas de salón. Pero él, en su amabilidad y profesionalismo, me atendía con elegancia, paciencia y 15 años más que yo. Vale decir que es difícil que una Lolita no se salga con la suya. Y así, mes a mes, contaba los días para poder ir al consultorio y tenerlo más cerca de mi cara, tan cerca. Mientras él me miraba la boca, yo le sacaba radiografías a la suya, y con sus manos en la mía, mis ojos sabían más que él de la sensualidad que todo este asunto había creado en mi vívida y desmedida imaginación.

Me tiré varios meses invirtiendo una fortuna en chaparía y pintura con mi querido dentista, pero no soy de las que quieren en silencio, sabía que él estaba soltero y yo tenia que ejecutar un plan maestro para que él me diera una oportunidad. Él era originalmente de Totoras, un pueblo cercano a Rosario, y como mi vecino era de ahí y eran amigos, averigüé su dirección y me llevé a una compañera de la universidad en mi Fiat 600 a dejarle una declaración de amor por escrito debajo de la puerta de su casa— pagaría por ver el maldito contrato en puño y letra.

Se lo tiramos por debajo de su puerta y salimos picando con el Fiat por calle Paraguay por si alguien nos encontraba in fraganti.

Como no tuve más novedades de él, y ya no tenia excusas para arreglarme una pieza dentaria más, a fin de año decidí irme a Totoras a pasarla con toda la familia de mi vecino para poder encontrármelo en algún bar de mala muerte en el pueblo.

Básicamente abandoné a mi propia familia para seguir a un desconocido que probablemente había tirado mi carta en el bote de la basura confundiéndola por un impuesto. Desapegada no, desconsiderada. 

Cuando llegué a Totoras, toda la familia de mi vecino me miró como diciendo, que es esa percha que traes en la mano de la tintorería? Y los miré, y les dije: es mi vestido de graduación, y me lo voy a poner esta noche. Nota al pie: el vestido era largo, violeta, escotado y de una tela para la entrega de los Oscars.

Pero Ceci, me dijo la mamá de mi vecino de 80 años, esta noche se viene una lluvia torrencial, vos estas segura?

Si, estaba segura de que sería la única haciendo el ridículo en un pueblo de 11.000 habitantes, pero tenia que seducirlo, y estas eran mis últimas fichas, un vestido de gala y mis 18 años.

Mis vecinos, que también me llevaban 15 años y eran 4 hermanos, me vieron tan deslumbrada por este señor que a pesar del diluvio me sacaron a la calle con vestido igual, lo juro…eso era El Arca de Noé. Desagües tapados, refucilos, lluvia torcida, viento, y yo, con mis tacos de 5 cms saltando charcos. Me acuerdo de llegar al bar del pueblo y ver a todos con sus pilotines y ojotas, y yo con el vestido más desubicado de la noche, en que coño estaba pensando????? 

Se dan cuenta porque estoy soltera? Porque arranqué con el pie izquierdo y en un pantano en Totoras a los 18 años! Esto no puede haber sido una buena señal.

A pesar de mi predisposición, mi querido odontólogo no estaba en el bar, lo agarré a mi vecino del brazo clavándole las uñas de Ursula y le dije: querido, vamos a la discoteca YA, tenemos que revertir esta catástrofe.

Y así fue como mi vecino y sus hermanos acompañaron a la primera dama a Memory, un boliche local solo para entendidos, bueno, y también para desesperadas como yo.

Después de todo, si las cosas salían mal, quién se podría olvidar de la chica con vestido violeta en año nuevo? Contribución para la charla del pueblo por 20 años más.

Eran las tres de la mañana, había perdido la fe, mi última esperanza era la música, y el disc jockey lo sabía, alguien que entra de largo a Memory, de seguro está esperando un milagro. Lo recuerdo como si fuera hoy, levantando los ojos y mirando hacia la cabina cuando empezaron a pasar un tema de INXS, Beautiful Girl, y de repente lo veo, lo veo entrar sin su uniforme, viniendo directo hacia mis tripas, agarrándome de la cintura para saludarme, mirándome con una sonrisa en los ojos, en gratitud silenciosa por mi carta, y yo más estúpida que nunca pensando que porque me había puesto tacones sabiendo que él era más bajo que yo. Inconquistable.

Pero a él no parecía importarle, convengamos que a pocas cuadras de su casa aparezca una de sus pacientes un 31 de Diciembre, deja poco margen para no sentirse el Dios del verano.

Bailamos, tomamos limonada, me reí sin tener que inventar problemas  con mi incisivo superior derecho, y nos fuimos juntos en su coche a ver el amanecer. Nos besamos, yo en las nubes, él pensando en encontrar lugar para estacionar el coche en el único hotel de Totoras. 

 

—Que??!! A donde estamos?!

— En un hotel Ceci, pensé que era lo que querías.

Al carajo el vestido, la seducción, el romance, la lluvia y mi esfuerzo por no perder el norte y mandarlo a la chingada.

 

— No, te confundiste mal Damian, no entendiste nada.

— Si entendí Ceci, vos crees que yo no sé que esa carta me la escribiste vos? Pero son las 6 de la mañana del primero de año, a donde queres que vayamos? Está todo cerrado.

 

Como verán, las cosas empezaron mal, y terminaron peor, esa mañana nos quedamos en su coche hasta el mediodía y nos pusimos de novio por tres meses. Lo quise mucho, pero entendí que el “enamorarse” de los 18 años puede ser un demonio en contra mano, empezando por la diferencia de edad.

Supe que nunca se casó ni tuvo hijos, y cuando voy a Rosario a veces me lo cruzo y nos acordamos de nuestra breve e intensa historia de amor.

En donde mi vestido largo marcó mas tendencia que Prada, y Totoras quedó como el pueblo en donde se reclutan las estrellas para evitar el ruido de las grandes ciudades.