Siempre la veía salir del edificio anaranjado de la calle Stanhope Road, había algo en esa chica que no encajaba con su telón de fondo. Sin embargo ella se reía y me saludaba como si yo hubiera sido lo mejor de su día, como lo hacía? Como ocultaba a la bestia que vivía detrás de su metro setenta como si pudiera engañarnos a todos con su sonrisa orquestada para amarte y su impecable vestuario. No le creía nada, sin embargo no tenia porque sospechar porque jamás dio pruebas para pensar lo contrario. Nunca supe de que trabajaba, porque entraba y salía de ese rectángulo mil veces, y mil veces me preguntaba lo mismo: como lo hace? Para hacernos creer a todos que vivir es tan fácil y a ella le costó un precio lapidario. Es como si hubiera cogido el maldito plumero y se hubiera sacado los traumas de encima con la velocidad del cambio de estación. 

No es que ella me haya dicho nada, de hecho no sé ni su nombre, pero soy un lobo de otros tiempos, y olfateo el surco de una leona sin tener que devorarme el aliento que me lleva directo a su corazón. Esa mujer tramaba algo, y no podía dejar de mirarla cada vez que cruzaba de acera confundiendo mi discernimiento con su firme saludo de los buenos días. Aparentaba ser más joven que yo, pero tampoco podía adivinarle sus años, porque en mi confusión de creer conocerla, ella no se dejaba ver, la muy zorra sabía que yo quería todo o nada. 

No me interesaba su cuerpo, pero quería su información, que era una violación sin su consentimiento. Había algo roto en su forma de mirar, que se había arreglado con una herramienta que yo desconocía, y se había hecho con una cautelosidad que no se le notaba, y esa era la fiebre que me comía por dentro. A mí, y a todos los que vivían por debajo de la superficie de la estupidez humana.

Pero ella se mezclaba con todos como si fuera parte del núcleo que nos había creado, y nos hacía creer que éramos todos iguales, y sus mentiras estaban desbordando mi necesidad de ver la cruda verdad que habitaba ese cuerpo ligero y distendido.

A veces se recogía el pelo y parecía aún más joven, y otras lo llevaba suelto como si su cabellera larga acariciara mi insaciable cuestionamiento interno sobre su personalidad.

Era difícil no mirar por la ventana cuando ella pasaba, yo era un hombre solitario que no me había tragado las asperezas de este mundo, pero ella tampoco, y había algo que me unía desde el otro polo de sus atributos. Un oscuro silencio de que nos sobrentendíamos sin hablar.

Una delgada linea entre la hipocresía de este mundo que se desmantelaba en los breves minutos que nuestras miradas se entrecruzaban.

Bajando la radio para escuchar los pasos que me galopaban en el centro de mis sentimientos, por donde tantas se quisieron filtrar y se llevaron solamente mis reflexiones.

Yo no significaba nada en su vida, pero me saludaba con el cortejo de un virrey, haciéndome sentir que yo valía más que la moneda que tiré en el aire en las apuestas regionales. A veces hasta sacándose las gafas de sol para que supiera que hacerme sentir bien era importante.

No me sorprendía que estuviera siempre sola, ella quería tu alma, y la gente vive confundida y a los portazos con su intimidad, algo que jamás la hubiera hecho renunciar a la sagrada médula de existir.

No puedo evitar pensar de como llegó hasta acá, porque lamer pisos en nombre del sufrimiento es solo para pocos, y si ella tan solo supiera que yo estoy de su lado, que espero todos los días a encontrarme al menos 5 minutos con el reconocimiento que nos queda al pasar por la vida del otro.

 

Con los miserables cinco minutos que tardan sus pasos en caminar por mi amor propio, dejándome ávido de su atención, que trabaja en forma unidireccional cerrando la cicatriz por donde sangra mi mundo.